Desde el 24 de mayo de este año no pasaba unos minutos completamente a solas contigo. Las escasísimas veces que hemos coincidido (pues han sido dos), había alguien más.
Esta vez, anteayer, te volviste a confiar a mí: sabes que no te hablaré de amor ni de querer, que eso a mí no me corresponde, que no intentaré besarte, que respetaré todo tu cuerpo y tus labios, que no podrás tener queja alguna de mí y que, para que te pase algo, hay que pasar por encima de mi cadáver. No puedes recibir nada malo, no soy agresivo, no soy violento, no te deseo ningún mal, sino, ya lo sabes, todo lo contrario, lo mejor y la mayor felicidad posible.

Sólo por verte, aunque ni llegara a ver tus ojos.
Unos minutos a solas contigo me concediste. Casi sin tregua, sin parar de hablar, de comentar, de reír, de sonreír… y por supuesto, de disfrutar y de gozar para mí.
Pero siempre llega ese final, ese horrible y tremendo final, ese final que se me viene repitiendo desde aquel 27 de abril, el momento en el que te tengo que dejar marchar, que te apartas de mí, que nuestros caminos dejan de estar unidos… Ese momento en que se va un trozo de mi vida, de mi salud, de mis energías, en el que, aunque yo no pueda verlo, mis ojos quedan profundamente tristes y apenados. El momento en el que te alejas de mí, que tú me pierdes de vista con naturalidad, mientras mis ojos necesitan hasta el último segundo para poder contemplarte y recrearse. La gran diferencia entre los dos.
Pero muchísimas gracias por todo lo bueno que me das.
Te quiero, os quiero.



